20130303

El Carnaval de Viña

Un muchacho en Internet me intenta convencer amablemente de que a través de las redes sociales incentive la idea de armar un carnaval veraniego en Chile. Como el de Rio, Sao Paulo, Buenos Aires, Oruro o Montevideo. No tengo duda de que sería una instancia cultural interesante, y mirando como las masas reaccionan frente a espectaculos como el Santiago a Mil estoy seguro que tendría una convocatoria digna y no dinero tirado a la basura en una politica cultural.
La experiencia mas cercana en nuestro país a los carnavales es la fiesta de la Tirana, o el carnaval de Invierno en Punta Arenas con delegaciones de argentinos bailando semidesnudos a 10 grados bajo cero. Asi que en Chile hay carnavales pero por desgracia, como estamos obsesionados a que si no pasa en Santiago no existe, le pasa a muchos por el lado.
La definición de un carnaval es en si una fiesta pagana o religiosa, que en la ciudad se entremezcla con lugares distintos a los habituales. Como alguna vez planteo Henri Lefebrve, el prolifico sociologo marxista francés, estudioso de asuntos tan cercanos a nuestra sociedad, como por ejemplo la alienación de las masas, lo que sucede es “la metamorfosis de la vida cotidiana en una fiesta sin fin”.
Es por eso que el paralelo inmediato que llega a mi cabeza es el Festival de Viña. Viña nos invade de Arica a Punta Arenas, nos persigue. Es el carrete que no termina. El que genera resaca cultural. La televisión chilena, centro de debate de nuestra sociedad, aunque a muchos le duela, se coordina para asistir a este inolvidable y unico Cannes del Tercer Mundo. La gala de Viña intenta hacer su Red Carpet, un remix miserable de las fiestas de e! Entertaiment, pero sin carisma, sin glamour real, con dosis de comentarios clasistas inolvidables televisados desde los paneles de farandula que se vuelven inevitablemente tribunales del estilo, con juicio y castigo. Con manual de comportamiento. Con represión hasta de la libertad de decidir hasta como uno se viste para la corte de señoras que observan desde la casa.
No quiero que me pasen por amargo y piensen que se escribe esto enojado: Viña me encanta y es parte de la vida de todos los que nacemos en Chile. Estuve trabajando en esa ciudad el 2010 cuando el terremoto dejo el show sin noche final. Y tambien en la vez en que a Xuxa le gritaban “ilari lari e...chupalo”. Me emocione desde mi televisor mirando a Jorge Gonzales junto a Los Prisioneros cantar “el curita con la censura en cierto canal de televisión” frente a las camaras de Canal 13 y caí al suelo de Risa mirando los shows del Hombre Laser y Leonardo Farkas.  Pero lo que mas me gusta es como se devela la sociedad chilena en ese delirio. Como todos quedamos desnudos frente a la histeria de ver a una mujer tapando con suerte sus pezones para lanzarse a una piscina y desde ahí proclamamos una moral innecesaria. Ese momento primitivo y precioso de la prensa nacional que recuerda al asalto a una taberna. El folcklore propio de una sociedad conservadora.
Pero lo mas increible de Viña, es que refleja perfectamente que es la carnaval reflejo para una sociedad como la nuestra, cuyo centro es la tele y su patente es la exclusión. Para entrar a Viña, necesitas una antena y una tele. O instalarte fuera de los hoteles, si no tienes el dinero para la entrada. Pero el show, en si con la gala y los artistas esta tras las rejas y los guardias. Si en Chile se hiciese el Carnaval de Montevideo, sería pagado el acceso. Te lo aseguro. Por eso esto es la mejor expresión sobre la desigualdad en el verano: estar ahí, cuesta dinero. Cada año aumentan las medidas que impiden, como en los 80, ver el show desde los cerros. Es una fiesta democratica, pero solo tras la pantalla. No la puedes respirar, pero si mirar.
Pero el verdadero Viña es lo que rodea al cansancio de esperar a tu idolo en el Sheraton, en las horas mirando chistes malos previo a que toque tu cantante favorito. Chile necesita la espera de humillar a una persona que quiere intentar hacer reir en el lugar menos indicado de todos. Chile necesita siempre una victima que luego reclame y tenga su oportunidad de volver sollozando, entre la nada y la eternidad. El humorista crucificado en pifias y en analisis que no tienen ningun peso real sobre nuestras vidas es el Rey Momo patetico al sur del mundo: Viña es un festival, Viña es un carnaval.

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